Creo que lo tuve claro desde el principio, aceptaría el trabajo. Un lugar nuevo, gente nueva, ¡una vida nueva! Me incorpore al trabajo al día siguiente por la mañana, Dormía en mi pueblo y cogía el coche todos los días a las 8 de la mañana para desplazarme hasta el otro pueblo unos 30 Km ., comía allí y sobre las 10 de la noche volvía a casa de mis padres a cenar.
Hasta que un día, vi aparecer por la puerta unos ojos verdes, y digo ojos porque no vi nada mas, esos ojos verdes claro llegaron hasta la recepción y la boca que les acompañaba me preguntaron algo que no llegue a escuchar. Las manos me temblaban y el corazón me iba demasiado deprisa. ¿Qué me pasaba? ¿Qué me hacia parecer tan torpe? Esa emoción no la había sentido nunca, nunca había dado señales de esa tontez física y mental, yo era una mujer integra, consciente de mis actos y muy profesional… ¡pero como podía pasarme esto a mi! Nunca me había impresionado tanto un macho de mi especie tanto como para paralizarme por completo, (sobretodo con mi inclinación natural a todo lo relacionado con el sexo opuesto y mi “peculiar forma de vivirla”).
El no noto nada , me pude enterar tiempo después, así que cuando volví a mi cuerpo, intente rellenar la tarjeta de solicitud de socio en el gimnasio con todo lujo de detalles, (mas de los que pedía la tarjeta)¡ Vamos solo me quedaba pedirle fotocopia de sus partes intimas!.
Era 5 años menos que yo ¡que lastima! Se llamaba Jóse y era alto y fuerte, con el pelo castaño corto y con una sonrisa de vergonzoso muy dulce. Esto provoco unas semanas después que mi obsesión por conseguir mi trofeo de él, consiguiera un pequeño pisito en el pueblo para no tener que irme todos los días sin poder investigar un poco sobre él.
¿Qué es mi trofeo? Os preguntareis, bueno yo no soy una mujer de faldas bajas, mas bien he sido una mujer de levantamiento de faldas y bajada de pantalones, y digo he sido y lo remarco porque ya no estoy para esos trotes, no os digo que dentro de unos añitos cuando las niñas tengan novio……. No, no creo.
Volvemos al trofeo, a cada hombre con el que conseguía que cayera rendido a mis pies le pedía algo de su propiedad, no hacia falta que fuera valioso monetariamente, si no, valor sentimental… cuando lo tenía le dejaba. Era un juego que duró mucho tiempo, así sabia cuantos había conquistado al año.
Unos eran fáciles y otros francamente difíciles, pero todos tenían una cosa en común, se suponía que “no estaban a mi alcance”.
Una chica como yo, ni guapa ni fea, ni gorda ni flaca, y sin nada que destacara por encima de otras chicas, podía con gracia y salero llevarse más tarde o más temprano al más guapo del lugar.